Sangre en Barcelona, herida global

El atentado que estremeció Barcelona en la tarde de ayer ha reabierto la herida que dejaron las explosiones de los trenes de Madrid en 2004. Trece muertos, cien heridos y el dolor unánime del pueblo de Catalunya que hoy entiende mejor que nadie lo que significa esta forma de terror global. Cómo enfrentarlo, cómo defender los derechos humanos de quienes los amenazan y sobre todo, cómo hacerlo respetando por encima de todo la democracia, el estado de derecho y la diversidad, son algunos de los interrogantes que la política debe resolver próximamente.

La sangre de Barcelona es de una herida global, que cada día se refleja en una latitud diferente pero siempre con una crueldad equivalente. La obsesión de los mass media por jerarquizar a las víctimas en función de su nacionalidad puede resultar en algún sentido tranquilizadora, pero no podemos obviar que no se trata más que de un placebo irresponsable. La realidad es que enfrentamos una amenaza inédita que no sólo cuestiona la seguridad de los países del centro mundial, sino que provoca guerras y múltiples formas de terror que obligan a miles de personas a abandonar sus hogares y solicitar refugio en Europa. Quizás, en estos días en los que todos tendremos ocasión de reflexionar sobre muchas cosas, debamos reservar un tiempo para los compromisos que debiera haber asumido Europa y nuestro país en particular en relación a los refugiados sirios que han sufrido y sufren situaciones como la de La Rambla de Barcelona.

 Anoche un portavoz de la Policía explicaba como, desde la perspectiva de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, lo más difícil tras un atentado es sustituir el caos por normalidad y orden, a lo que añadía una afirmación contundente: “el yihadismo no se combate con bolardos, se combate con información”. Entender que la seguridad de nuestra sociedad ya no depende tanto de que el ejército esté en la calle, como reclamaban algunos con más entusiasmo que razón, es entender las características de la amenaza concreta. El reto parece estar en la información, en la educación y en las relaciones internacionales que, dicho sea de paso, no siempre han estado a la altura de las circunstancias. En todo caso temas sobre los que habrá que reflexionar en Catalunya, en España y en Europa; reflexión que quizás debería partir de una mirada global que no ha prevalecido hasta la fecha.

En situaciones extremas como las que se están viviendo en Barcelona en las últimas horas son en las que las personas sacan a relucir su verdadera naturaleza. Ha habido comportamientos admirables, como los cientos (quizás miles) de ciudadanos que se han dirigido a los hospitales de todo el país para ofrecerse como donantes de sangre o las decenas de personas que alertaron a la Policía del ataque y asistieron a los heridos poniendo, probablemente, en riesgo sus vidas. Sin embargo estas muestras de solidaridad están teniendo un contrapunto execrable por parte de una minoría que se está valiendo de los acontecimientos para difundir mensajes racistas y de odio contra el “mundo islámico”. Entre ellos destaca la periodista Isabel San Sebastián que sin un atisbo de pudor escribía en twitter: “Malditos seáis, islamistas hijos de… Ya os echamos de aquí una vez y volveremos a hacerlo. España será occidental, libre y democrática.”. Sin embargo, como todas las cosas toscas, viscerales y alimentadas por el odio ha tenido un recorrido corto y así lo ha demostrado Paula Vazquez con su mensaje: “Crecí en L’Hospitslet,barrio de inmigrantes,marroquíes,negros, gitanos,gallegos,ecuatorianos, andaluces.Ellos hacen grande a BCN.⛔️racistas”.

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