Carmena, nadie dijo que sería fácil

Ocho meses del gobierno de Ahora Madrid han sido suficientes para despejar una de las incógnitas de la ecuación de la errática democracia liberal española: poder y gobierno no son la misma cosa. El avance de posiciones en el plano electoral y la formación de gobiernos del cambio  han generado una gran ilusión entre amplias capas de la población; ilusión que por otra parte hemos de reconocer parcialmente truncada por la dosis de realidad impuesta por el establishment en repetidas ocasiones. El último episodio de esta “guerra fría” se está librando en torno a una representación de títeres en el barrio de Tetuán que ha servido de pretexto para desatar una nueva campaña de criminalización contra las fuerzas del cambio.

Que la Alcaldesa de Madrid pueda permitirse comparecer ante los medios y no exigir la puesta en libertad de los titiriteros encarcelados no es más que la constatación de la debilidad de los movimientos. Un factor determinante a la hora de valorar las posibilidades de que el cambio sobrepase los límites del discurso político y ahonde en la transformación material de la sociedad. ¿De qué sirve hablar del régimen, de los privilegiados, de la casta, del pueblo o de la patria si la más ligera brisa levantada por los agitadores  de la reacción nos pone de rodillas ante ellos? Claudicar una vez más ante las presiones de quienes tienen como único objetivo blindar sus privilegios no puede formar parte de la hoja de ruta de las fuerzas del cambio político.14549268914563

Insistiendo en lo anterior, es obvio que necesitamos armarnos por abajo para resistir mejor por arriba. Armarnos en el sentido de generar organización, capacidad de movilización, instinto colectivo de respuesta ante los envites que con toda seguridad seguirán llegando desde las redes de influencia de la oligarquía. Sin este ejercicio de concienciación para lo que viene seguiremos siendo un movimiento con muy buenas intenciones pero con pocas posibilidades de éxito.

Las declaraciones de algunos dirigentes de Podemos y de la Alcaldesa de Madrid, más allá de generar cierta desafección en una parte importante de las bases, son un motivo de preocupación. En algún momento de la apasionante disputa por los significantes vacíos una parte de los dirigentes del cambio han perdido su sentido de pertenencia. Esas raíces que permiten orientarnos cuando los golpes de los adversarios amenazan la estabilidad del proyecto; esos valores compartidos por la gente que lucha, de los que se deducen que cualquier proyecto emancipatorio, con independencia de la forma que adopte, deberá incluir entre sus prioridades una afirmación de la libertad en sentido amplio. Defender la libertad de expresión no es fragmentar la unidad del discurso de Ahora Madrid, ni cuestionar el liderazgo de ninguna compañera. Exigir la libertad de los titiriteros encarcelados es construir contrapoder, hacer pedagogía frente a la adaptación al clima de censura que imponen los poderes fácticos.

 

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